Confieso que no me da tiempo a leer en el autobús. El trayecto es corto, apenas me alcanza para abrir y cerrar las tapas así que me distraigo con el impermeable rojo de la señora que va delante o contando los elefantes que han muerto esta noche. En unos veinte minutos llego a mi destino: las oficinas de unos grandes almacenes del centro, donde mi parte López se encarga de las ofertas y las promociones bajo la mirada escudriñadora de mi jefe.
Mi otra parte, de nombre Luis, es la que comparto con Inés, mi mujer, una mujer Botero como yo le digo tiernamente cuando anda descalza moviendo sus carnes limpias y abundantes, en una casa pequeña pero bien amueblada (con su salón, con su sofá, con su televisor de plasma) que se estremece cada vez que ella suspira o se bambolea.
No hay niños en la casa, a ese cuerpo las trompas de Falopio no le dieron la oportunidad de tener hijos, así que ella tan matrona, quiero decir tan maternal, acoge con júbilo un préstamo de niño cada vez que su hermana necesita adosarnos, digo endosarnos, al chaval.
Andresito, Sito, como le llamamos, anda ahora por la propiedad conmutativa, que llena todas nuestras tardes con un cinco por dos diez que es igual que dos por cinco diez hasta soltarnos una doble letanía de tablas de multiplicar que inundan de monotonía de lluvia nuestro salón, nuestro sofá y hasta el televisor de plasma. Ya vale, Machado, le digo después de muchas repeticiones. Él se detiene sin entender lo de Machado, claro. Inés que lo mira , le tararea “ ojos verdes, verdes como la albahaca “ y en las tardes primaverales ausentes de monotonía cuando Sito destila aires de marinero le entona aquello de “yo soy un velero, tú eres mi bahía”. Sito alcanza hasta velero, también llega a lo de ojos verdes pero no sabe qué es una bahía ni qué es la albahaca. Entonces Inés le acerca su mano para darle a oler un ramito, así huele Inés. Yo le explico que una bahía es el vestido azul de su tía cuando está sentada en el sofá, para que se lo crea le pongo un pequeño barquito de papel en la barriga. Él sigue con su cinco por dos y sus dos por cinco que es la propiedad conmutativa de sus horas mientras, con esa cantinela, el tiempo de la play está rondando. Inés se niega a jugar con la maquinita por lo que me toca ser el derrotado en una esquina del sillón. Sito conduce con soltura un deportivo azul, yo destrozo los semáforos y las aceras mientras el deportivo azul llega triunfante a la meta. En su cara una mueca me lanza ¡qué torpe! pero ¡qué torpe! Los tres vamos llenando las tardes de canciones, de torpezas y de bólidos azules hasta que aparece un remolino de bolsas y tacones y un ya está bien de play. Es el momento de guardar la consola e irse con su madre para dejarnos enredados en nuestros atardeceres.
Inés, que pone muy bien los puntos a Sito cuando se abre una brecha jugando con el balón y a mí sobre la í de Luís, me dice que hay que recoger. No falta tiempo para mullir los cojines, devolver los libros a sus estantes, despejar la mesa hasta que todo queda ordenado a la hora de la cena, de la charla y de la cama que hay que madrugar.
Ya en la cama, alguna que otra noche también llega la hora del insomnio que viene despacio sin notarse apenas, como un picor de espalda, o un sofoco que me hace sacar el pie derecho de este edredón tan caluroso, cambiar de postura, volver a tapar ese pie que se queda frío hasta hacerme levantar porque con Inés plácidamente dormida y mis ojos como platos qué hago yo en la cama. Así que me doy una vuelta por la casa o por mi mismo: 360 grados alrededor de mis piernas, de mi pecho, de mis brazos, me dejan más despierto y sin pizca de sueño a las tres de la madrugada. Voy al baño a asaltar los grifos y la espuma de afeitar, a adelantar ante el espejo mi hora del aseo. Con el olor a after shave, limpio como una patena, con un fondo de cisterna que se llena y bañera que se vacía me paro ante los estantes de los libros. Ahí me demoro, en sus historias igual que otras noches, cruzando los Alpes como Aníbal mientras que por el frío voy, uno a uno, perdiendo los elefantes.
Alguna noche Inés también se desvela pero ella llena sus insomnios de arias de ópera, sus trompas de Falopio despiertan a horas tan tempranas a Don Rigoletto y su Donna é mobile. Llegada la mañana cuando han caído todos los paquidermos me agazapo del frío en la butaca, casi dormido y vencido este Aníbal. Inés me recupera, me dice que si no me levanto perderé el autobús y un día hasta el trabajo, que no puedo andar toda la noche arreando elefantes por los Alpes, que alguna vez me voy a despeñar.
Me doy prisa para bajar, no es casualidad encontrarme en el rellano con Sito que carga en su mochila la propiedad conmutativa camino del colegio y a la carrera alcanzo el autobús donde confieso que no puedo leer pues en ese trayecto corto sólo me da tiempo a mirar el impermeable rojo de la señora que va delante, a contar los elefantes caídos, a esperar la cara de pingüino de mi jefe, recién salido de otro insomnio aún más gélido que el mío, que me hace dudar en si la oferta de hoy es de tres por dos o de dos por uno. Desde mi mesa noto en su mirada que me espeta un: López, usted no me rinde López. Y no me aclaro con la propiedad conmutativa de las ofertas ni con la cara de pingüino de mi jefe, menos todavía con sus andares de pájaro bobo en el suelo polar de la oficina. Mientras me espabilo, en la hoja de cálculo que tengo enfrente, ahora que mi jefe va como un témpano a la deriva, dibujo un elefante.
Inés, que pone muy bien los puntos a Sito cuando se abre una brecha jugando con el balón y a mí sobre la í de Luís, me dice que hay que recoger. No falta tiempo para mullir los cojines, devolver los libros a sus estantes, despejar la mesa hasta que todo queda ordenado a la hora de la cena, de la charla y de la cama que hay que madrugar.
Ya en la cama, alguna que otra noche también llega la hora del insomnio que viene despacio sin notarse apenas, como un picor de espalda, o un sofoco que me hace sacar el pie derecho de este edredón tan caluroso, cambiar de postura, volver a tapar ese pie que se queda frío hasta hacerme levantar porque con Inés plácidamente dormida y mis ojos como platos qué hago yo en la cama. Así que me doy una vuelta por la casa o por mi mismo: 360 grados alrededor de mis piernas, de mi pecho, de mis brazos, me dejan más despierto y sin pizca de sueño a las tres de la madrugada. Voy al baño a asaltar los grifos y la espuma de afeitar, a adelantar ante el espejo mi hora del aseo. Con el olor a after shave, limpio como una patena, con un fondo de cisterna que se llena y bañera que se vacía me paro ante los estantes de los libros. Ahí me demoro, en sus historias igual que otras noches, cruzando los Alpes como Aníbal mientras que por el frío voy, uno a uno, perdiendo los elefantes.
Alguna noche Inés también se desvela pero ella llena sus insomnios de arias de ópera, sus trompas de Falopio despiertan a horas tan tempranas a Don Rigoletto y su Donna é mobile. Llegada la mañana cuando han caído todos los paquidermos me agazapo del frío en la butaca, casi dormido y vencido este Aníbal. Inés me recupera, me dice que si no me levanto perderé el autobús y un día hasta el trabajo, que no puedo andar toda la noche arreando elefantes por los Alpes, que alguna vez me voy a despeñar.
Me doy prisa para bajar, no es casualidad encontrarme en el rellano con Sito que carga en su mochila la propiedad conmutativa camino del colegio y a la carrera alcanzo el autobús donde confieso que no puedo leer pues en ese trayecto corto sólo me da tiempo a mirar el impermeable rojo de la señora que va delante, a contar los elefantes caídos, a esperar la cara de pingüino de mi jefe, recién salido de otro insomnio aún más gélido que el mío, que me hace dudar en si la oferta de hoy es de tres por dos o de dos por uno. Desde mi mesa noto en su mirada que me espeta un: López, usted no me rinde López. Y no me aclaro con la propiedad conmutativa de las ofertas ni con la cara de pingüino de mi jefe, menos todavía con sus andares de pájaro bobo en el suelo polar de la oficina. Mientras me espabilo, en la hoja de cálculo que tengo enfrente, ahora que mi jefe va como un témpano a la deriva, dibujo un elefante.
Fernando, 24 de Julio del 2009



