sábado, 28 de noviembre de 2009

La propiedad conmutativa


        
Confieso que no me da tiempo a leer en el autobús. El trayecto es corto, apenas me alcanza para abrir y cerrar las tapas así que me distraigo con el impermeable rojo de la señora que va delante o contando los elefantes que han muerto esta noche. En unos veinte minutos llego a mi destino:  las  oficinas de unos grandes almacenes del centro, donde mi parte López se encarga de las ofertas y las promociones bajo la mirada escudriñadora de mi jefe.

Mi otra parte, de nombre Luis, es la que comparto con Inés, mi mujer, una mujer Botero como yo le digo tiernamente cuando anda descalza moviendo sus carnes limpias y abundantes, en una casa pequeña pero bien amueblada (con su salón, con su sofá, con su televisor de plasma) que se estremece cada vez que ella suspira o se bambolea.

No hay niños en la casa, a ese cuerpo las trompas de Falopio no le dieron la oportunidad de tener hijos, así que ella tan matrona, quiero decir tan maternal, acoge con júbilo un préstamo de niño cada vez que su hermana necesita adosarnos, digo endosarnos, al chaval.

Andresito, Sito, como le llamamos, anda ahora por la propiedad conmutativa, que llena todas nuestras tardes con un cinco por dos diez que es igual que dos por cinco diez hasta soltarnos una doble letanía de tablas de multiplicar que inundan de monotonía de lluvia nuestro salón, nuestro sofá y hasta el televisor de plasma. Ya vale, Machado, le digo después de muchas repeticiones. Él se detiene sin entender lo de Machado, claro. Inés que lo mira , le tararea “ ojos verdes, verdes como la albahaca “ y en las tardes primaverales ausentes de monotonía cuando Sito destila aires de marinero le entona aquello de “yo soy un velero, tú eres mi bahía”. Sito alcanza hasta velero, también llega a lo de ojos verdes pero no sabe qué es una bahía ni qué es la albahaca. Entonces Inés le acerca su mano para darle a oler un ramito, así huele Inés. Yo le explico que una bahía es el vestido azul de su tía cuando está sentada en el sofá, para que se lo crea le pongo un pequeño barquito de papel en la barriga. Él sigue con su cinco por dos y sus dos por cinco que es la propiedad conmutativa de sus horas mientras, con esa cantinela, el tiempo de la play está rondando. Inés se niega a jugar con la maquinita por lo que me toca ser el derrotado en una esquina del sillón. Sito conduce con soltura un deportivo azul, yo destrozo los semáforos y las aceras mientras el deportivo azul llega triunfante a la meta. En su cara una mueca me lanza ¡qué torpe! pero ¡qué torpe! Los tres vamos llenando las tardes de canciones, de torpezas y de bólidos azules hasta que aparece un remolino de bolsas y tacones y un ya está bien de play. Es el momento de guardar la consola e irse con su madre para dejarnos enredados en nuestros atardeceres.

Inés, que pone muy bien los puntos a Sito cuando se abre una brecha jugando con el balón y a mí sobre la í de Luís, me dice que hay que recoger. No falta tiempo para mullir los cojines, devolver los libros a sus estantes, despejar la mesa hasta que todo queda ordenado a la hora de la cena, de la charla y de la cama que hay que madrugar.
Ya en la cama, alguna que otra noche también llega la hora del insomnio que viene despacio sin notarse apenas, como un picor de espalda, o un sofoco que me hace sacar el pie derecho de este edredón tan caluroso, cambiar de postura, volver a tapar ese pie que se queda frío hasta hacerme levantar porque con Inés plácidamente dormida y mis ojos como platos qué hago yo en la cama. Así que me doy una vuelta por la casa o por mi mismo: 360 grados alrededor de mis piernas, de mi pecho, de mis brazos, me dejan más despierto y sin pizca de sueño a las tres de la madrugada. Voy al baño a asaltar los grifos y la espuma de afeitar, a adelantar ante el espejo mi hora del aseo. Con el olor a after shave, limpio como una patena, con un fondo de cisterna que se llena y bañera que se vacía me paro ante los estantes de los libros. Ahí me demoro, en sus historias igual que otras noches, cruzando los Alpes como Aníbal mientras que por el frío voy, uno a uno, perdiendo los elefantes.

Alguna noche Inés también se desvela pero ella llena sus insomnios de arias de ópera, sus trompas de Falopio despiertan a horas tan tempranas a Don Rigoletto y su Donna é mobile. Llegada la mañana cuando han caído todos los paquidermos me agazapo del frío en la butaca, casi dormido y vencido este Aníbal. Inés me recupera, me dice que si no me levanto perderé el autobús y un día hasta el trabajo, que no puedo andar toda la noche arreando elefantes por los Alpes, que alguna vez me voy a despeñar.

Me doy prisa para bajar, no es casualidad encontrarme en el rellano con Sito que carga en su mochila la propiedad conmutativa camino del colegio y a la carrera alcanzo el autobús donde confieso que no puedo leer pues en ese trayecto corto sólo me da tiempo a mirar el impermeable rojo de la señora que va delante, a contar los elefantes caídos, a esperar la cara de pingüino de mi jefe, recién salido de otro insomnio aún más gélido que el mío, que me hace dudar en si la oferta de hoy es de tres por dos o de dos por uno. Desde mi mesa noto en su mirada que me espeta un: López, usted no me rinde López. Y no me aclaro con la propiedad conmutativa de las ofertas ni con la cara de pingüino de mi jefe, menos todavía con sus andares de pájaro bobo en el suelo polar de la oficina. Mientras me espabilo, en la hoja de cálculo que tengo enfrente, ahora que mi jefe va como un témpano a la deriva, dibujo un elefante.





Fernando, 24 de Julio del 2009

El corazón de Berlín




Cuando sonaba el teléfono el primer ring volaba alto esparciendo su sonido un tanto hueco por toda la casa, el segundo ring caía a la altura de los muebles, los demás ring eran más bajos y rodaban por el suelo, como una bola según las leyes de la física, hasta chocar con los zocalillos de las paredes.

En el momento en que el teléfono sonaba y las pajaritas comenzaban a romper su silencio de papel ya sabíamos que era el tío Carlos y ni mamá ni papá ni yo nos atrevíamos a cogerlo. Esas llamadas, tan esperadas, eran por navidades, en el otoño, coincidiendo con el santo de tía Isabel, en primavera el día de tía Julia, a la vuelta del verano.

En diciembre, el día de Navidad, al primer ring la pajarita roja, como un diminuto Papá Noel volador, planeaba por la lámpara del techo, bajaba hacia el Belén en una esquina del salón, hasta posarse entre los números del teclado. Tía Julia presurosa atendía la llamada y después de un saludo largo en el que volcaba todas sus emociones informaba al otro lado de la línea sobre los detalles de la cena: el marisco para los entrantes, aunque no sea bueno para el colesterol, pero una noche es una noche, decía. El jamón y el queso que acompañarían a un rico vino, el pavo al horno y relleno de todo lo que a ellas se les había ocurrido ese año y como postre los dulces que prepararon con amor del bueno para estas fiestas.

- ¿Y qué tal por Alemania? era la pregunta final.

En el verano después de nuestras pequeñas vacaciones, la pajarita voladora era la azul. A ese toque especial del teléfono a finales de Septiembre, con un ring lejano y largo que solo volaba alto y ni siquiera rodaba por el suelo, seguía un suspenderse en el aire como una gaviota buscando el mar en la alfombra del salón hasta encontrar la isla del teléfono donde la pajarita azul acababa posando sus patas de papel. El turno, según tenían convenido era para Isabel que corría tropezando con las esquinas de los muebles a descolgar el auricular y a saludar con la misma emoción que tía Julia a su hermano Carlos y después a dar con su voz tostada por el sol las novedades del verano. ¡Cómo estaba la playa atestada de gente! ¡Cuánta espera para poder coger mesa en una terraza del paseo! Lo poco fresco que le había parecido el pescado, casi congelado- agregaba- , los bañadores de moda este verano, el sabor de los nuevos helados y ya la pregunta final:

-¿Y qué tal por Alemania?

En el otoño la pajarita amarilla remolineaba como una hoja seca atrapada por el viento en una espiral de vueltas que conseguían llevarla hasta la espiral de vueltas del cable telefónico cuando tocaba la llamada del tío Carlos. Ya ni siquiera podemos salir sin el paraguas se oía a tía Julia que por unos pasos había aventajado a tía Isabel a la hora de contestar la llamada, como dos maratonianas octogenarias corriendo los últimos metros del pasillo de la casa. Se preocupaba por el frío que podría hacer por esos lugares tan al Norte, y después acababa con ¿Y qué tal por Alemania? con una vocecita entrecortada por la mala respiración.

En primavera la pajarita blanca se descolgaba de arriba de ese mueble de las tías que era el lujo del salón y el contrapunto a una decoración ideada por mamá con amplias butacas de líneas rectas, pocos y bien seleccionados cuadros, nada de paisajes, claro, y alguna que otra alfombra cuidada siempre con mimo. Las telas siempre claras como la piel de mamá. La pajarita blanca era una flor de nieve entre la nieve de las cabezas de la tías, un anuncio de las floraciones esperadas, de la retirada del mal tiempo, de que ya estaban recuperadas de la gripe y los catarros que las habían acobardado durante el invierno y que se preparaban para guardar los jerséis de punto y sacar ahora sus vestidos estampados de entretiempo. Así eran mis tías, siempre acabando ¿Y qué tal por Alemania?

Luego comentaban que Alemania debía ser un aburrimiento con tan pocos días de sol y esa gente que hablaba siempre a gritos como si estuvieran enfadados con ellos mismos, decían. Para convencernos de lo lejos que estaba Alemania me hacían traer el atlas de geografía del colegio, señalando en él un territorio marcado con colores que ellas recorrían con sus dedos temblorosos gastados por las horas de entretejer la lana que abrigaba luego nuestros inviernos. Así marcaban sus fronteras, hablaban de los países vecinos hasta llegar al corazón de Berlín donde latía el corazón del tío Carlos.

Para Julia e Isabel, mis tías, su hermano seguía siempre en Alemania, mi padre había retirado la pajarita negra de encima de ese mueble para que ellas nunca la vieran volar en el salón. Y siempre Alemania estuvo en su boca aún cuando mama decidió que la casa se estaba haciendo demasiado pequeña para tanta gente, que yo necesitaba un cuarto de estudio independiente .Ese día el salón estaba en silencio y mi madre dijo que era mejor para todos que se fuesen, mi padre sólo respondió que allí estaban bien y ella que en la residencia estarían mejor y entonces ocurrió que todas las pajaritas volaron a la vez. Mi madre tuvo que ir a darse un baño nuevo y a cambiarse de vestido, enfadadísima por la mala hora-dijo- en que les permitió a las tías que colocaran las pajaritas de colores del tío Carlos en su salón.





Fernando, 25 de Junio del 2009.


Esperaremos a la lluvia


No puedo abrir los ojos pero sé que estás a mi lado y que tú tampoco puedes mirarme. Estamos derrotados en las camas de este hospital. Nos trajeron una tarde, entre un aullar de ambulancia y un asalto a los semáforos en rojo. Rescato, ahora, de mis recuerdos una carta comenzada en el sofoco de la siesta.
- ¿Te vienes, un ratito, aquí a mi lado?
Y me recosté, junto a ti, en un hueco de la alfombra.
- Se está mejor que en la cama-dijiste-.
Me resulta imposible describir cómo es la habitación. Como tú sólo dedico mi tiempo a imaginarla, como imaginamos las nubes o la hierba…Sí escucho tu agitada respiración o tus quejidos cuando retiran una venda o restañan una herida…
- Se está más fresco en esta alfombra.
- Tumbados en el suelo se ven las cosas de otra forma y mientras dices esto, apartas los cabellos de mi frente, mis manos apenas rozan tu cuello, la palabra caricia se escribe en una línea.
Adivinamos también al nombre de las cosas: “ entre el azul, cada día, juega al escondite” - te digo - y te entretienes buscando un sol bajo mi blusa…añadimos otra frase…
A cada momento entra la enfermera, vigila tu respiración, toma la temperatura. Siento cómo anota todo en una libreta. Lo hace en silencio, temiendo interrumpir la lectura de esta carta. Bueno, de los trozos que, aún hoy, quedaron prendidos en la memoria. Me he perdido, no sé por dónde iba, he dado un salto entre las líneas, quizá tu recompongas la carta de otra forma, ignoro los trozos que salvaste.
- ¿Te vienes un ratito aquí a mi lado? Se está más fresco que en la cama-dijiste.
Dibujabas un árbol en tu mano y nacieron enredaderas en la carta. Y pájaros y ramas. Y una vida vegetal que entretenía nuestro tiempo…
Siento un clic metálico, tal vez unas tijeras, van a levantar las curas.
He podido escuchar que tardaremos tiempo en recuperarnos así que no tengamos prisa, no podemos hablar, pero me veo hablando y a ti escuchándome... para romper la soledad del cuarto, para vencer el dolor y mantener viva la esperanza.
- Se está aquí mejor que en la cama. Y me recosté a tu lado.
El calor fue desnudando nuestros cuerpos, llenamos de susurros esa alfombra. Seguíamos escribiendo…con las prisas de tus manos, con la urgencia de mis brazos.
- ¿Te vienes a mi lado un ratito?
Un ratito y llevamos una eternidad juntos, sin poder cambiar a este cuerpo de postura, silencio, fuego, quemaduras, llamas, fuego, fuego…

Un resplandor inmenso llegó hasta el techo: apareció la palabra fuego en las cortinas, en las paredes, en los suelos, devorando las amapolas de la alfombra.
Nos faltaron palabras esa tarde: nos faltó la lluvia para apagar el fuego, que consumió las horas de la siesta. Nos faltó la palabra barco para navegar en ese mar de llamas y salir del laberinto de humo y de sofoco que era la casa.
No pudimos terminar, no acabamos de escribir. Calor, fuego, humo…
- ¿Te vienes aquí a mi lado?
Nos vuelven a cambiar las sábanas. En el reposo de la sala me dices, sin palabras, que escribiremos otras cartas. Y que esperaremos a la lluvia en esas cartas.

Fernando, 5 de Mayo del 2009.

Un corazón muy delicado


Le gusta la arena de la playa tanto o más que saltar las olas de la orilla o que atrapar los peces empujados hasta sus pies, pero lo que más despierta su interés son esas horas a la caída de la tarde, limpias de sudor y de salitre, encaminando sus pasos de la mano de Pablo hasta las atracciones del paseo.
Es un paseo largo que bordea un mar azul o verde o pardo según el paso de las nubes y los vientos. Alumbran sus noches unas farolas de luces amarillas y el mar al fondo, espejo negro, devuelve, con la marea alta, sus reflejos en la orilla como un rebaño de estrellas puestas en fila que hubiera bajado a darse unos baños nocturnos.
Ahí, al final del paseo está el tiovivo de sus sueños, junto al tren de la bruja y los cochecitos de choque. Los dulces pensamientos de la siesta, antes de bajar a la playa, son para ese tiovivo que ahora se adorna con bombillas de colores y un vaivén musical que anima a los caballitos de cartón en cada vuelta. Ya sabe que caballo elegir, siempre el negro. Si está ocupado esperará al siguiente turno y en la espera no dejará de mirar a Violeta.
Violeta me mima, Violeta me ama, amo a Violeta y acaricia en el bolsillo del pantalón un papelito cuidadosamente doblado donde, con la caligrafía torpe de su edad, están escritas esas palabras. Violeta le mira cuando alcanza la taquilla para conseguir la ficha del caballo negro y él se pierde, durante unos segundos en sus ojos verdes y le da el tiempo justo, antes de recibir la vuelta de un billete de diez, de darse un paseo por esa piel tostada y llegar hasta el borde de su vestido blanco, en un escote bajo que de vez en cuando ella sube con el gesto distraído para tapar lo que el descuido deja al aire. La piel tostada de Violeta en esa playa bordeada de apartamentos es su sueño de cada siesta, antes de bajar con las sombrillas y las tumbonas y los cubitos y la pala para hacer castillos en la arena y encerrar el amor por Violeta, aunque alguna ola atrevida con esa diferencia de edad en su lomo vendrá y los derribará y esperará otro verano para ver si ese amor crece. Y después del calor y los baños de sol, a la ducha, a la ropa limpia y a enfilar este paseo con su papelito en el bolsillo que cada vez está más tostado y con las espadas en alto por los mosquitos de estas tardes a la caída del sol. ¡Plaf! en el cuello, ¡Plaf! en las pantorrillas, ¡Plaf! donde más duele, en los nudillos de las manos.
Y todo el paseo, con las primeras luces del anochecer, se convierte en un batir de espadas, en una sinfonía de plafs. Plaf, mosquito menos, plaf, mosquito más que escapa para anunciar con su zumbido una buena entrada del Levante. Sigue paso a paso de la mano de Pablo parando en el puesto de helados y por fin aparecen los caballitos de cartón, las bombillitas de colores, los ojos verdes de Violeta. Llega con la ilusión de sus años del revés, como el día de su último cumpleaños que él miró primero el uno y luego el siete hasta que vino su nuera Dulce a amargar ese momento cuando le dijo - abuelo ya tiene setenta y un años, ya se va haciendo mayorcito - . Y le sentó como un tiro. Así que ahora que no está su nuera y ha recobrado la ilusión de sus 17 se llega como un adolescente a pedir una ficha a unos ojos verdes y a una piel canela que son su aventura de estas vacaciones. Con la ficha en la mano se acerca a Pablo para decirle que tenga cuidado, que se agarre bien a ese caballo negro que es el más trotón de todos, no vaya a caerse que su abuelo no está para esos sustos, que tiene un corazón muy delicado.