domingo, 23 de enero de 2011

Tres almas

Las ideas son sombras proyectadas en el fondo de la caverna, eso dijo Platón y como me cuesta llegar a entenderlo sigo con lo que sí tengo idea de hacer bien.  En esta caverna, que es mi horno de panadería, amasar el pan es lo que siempre he hecho por las noches, pelear con esa masa de harina, agua y una pizca de sal y levadura hasta dejarla a punto para el fuego, que dore bien, que se esponje y no se apelmace luego. Esa es una tarea de brazos y de tiempo.

Brazos tengo y muy fuertes, también todas las horas  hasta el amanecer y ahora, que la vida está más tecnificada, cuento con la ayuda de las máquinas, la amasadora, el horno rotatorio, lo que me da un respiro en el trabajo. En esos minutos muertos entre cocción y cocción me ocupo, en este invierno, de leer a Platón.
Lo de Platón es de cabeza y por eso a mí me cuesta, aunque aprovecho cada ratito que las máquinas me dan para avanzar unas páginas, que después debo digerir. Es complicado Platón, de digestión lenta, pero tengo toda la noche, mientras los demás duermen y lo que aún me resulte difícil me lo aclarará Pablo.

Mi hijo, que da ahora sus primeros pasos en el mundo de la filosofía, es quién me ha metido en esto. Sin apenas decirme nada, antes de salir para el obrador me deja en el mueble de la entrada un libro junto a unas notas garabateadas, con  letra disparatada, que más se parecen a la receta de un médico que a los pies de página  aclaratorios de un filósofo ( aunque nunca he tenido que descifrar una receta ).

En el fondo nos hubiera gustado, tanto a su madre como a mí, que Pablo fuese el médico  de la familia pero al chico le atrajo más diseccionar a Descartes o a Spinoza, sustituir la medicina por la metafísica y en eso andamos. Entre lo mudable, el cambio de aspecto de este adolescente que hasta hace poco creía en Peter Pan y lo imperecedero, los ladridos de Platón, nuestro perro, que sólo tiene ideas para comer, beber y darse una vuelta por el barrio buscando una perra en celo.

Esto último más que una idea es una obsesión contra la que luchamos evitando dejar la puerta abierta y que se escape, pues aunque  siempre vuelve de sus batallas amorosas después hay que bañarlo porque a veces viene   hecho un asco y  me toca a mí la tarea, la de limpiar a  este perro y enjabonar su alma conscupiciente para que descanse  agotado en la alfombra y vuelva a soñar en escabullirse.

El cambio de Pablo es lo que más preocupa ahora a su madre, ya no lleva la ropa que ella le elige y su aspecto, dice, es un tanto estrafalario con esos pantalones de cuadros y esas camisas sueltas dos tallas más grandes que la que le corresponde, el pelo muy corto y una perilla  desde su labio inferior hasta la barbilla. Su madre calla y sufre esa excrecencia que ahora adorna el mentón de nuestro hijo, una escobilla velazqueña que aclara el negro profundo de sus ojos, aunque alguna que otra vez le diga que le hace parecer mayor.

Para no mostrar que lo lleva tan mal me comenta que podemos estar equivocados y que esa imagen de filósofo novel tal vez vuelva locas a las chicas que, cuando él anda perdido por esos mundos del pensamiento y no contesta a su móvil, no dejan de llamar a casa. No está -  se apresura a decir-  y se queda con el recado de que ha llamado Sofía o Carmen o Raquel. Si fuese Platón ladraría de contento ante tanta feromona desparramada pero él, cuando llega, va, discretamente, a su habitación dejándonos con dos palmos de narices.

Yo aprovecho ese clima tan acogedor que ha nacido en la cocina para acercarme un poquito más a esta mujer y  al mundo sensible que me muestran los Diálogos, para robarle un cariño que ahora, con Pablo tan desapegado, necesito más que nunca y recordarle que me vuelve loco ese trasero de panadera con su miga de pan blando, de harina de trigo blanco, no apto para celíacos.

Ella sigue, como sin enterarse, con las tareas que la tienen ocupada y aunque, por unos instantes, la siento cómplice en esto de los cariños enseguida se despega dejando un regusto amargo a mis deseos. Si fuese ahora Platón no dejaría de ladrar a su lado.

Lo del mundo sensible es algo que no me ha costado entender de la filosofía platónica. El esfuerzo lo pongo en el mundo inteligible aunque aquí, por lo bajito, os confieso que ya voy encontrando las ideas, la de Bondad en Pablo, ese Peter Pan de perilla velazqueña que ahora derrocha encanto entre las chicas. Una bondad de pantalón de cuadros, de camisas amplias, de ” pirsin “  en la oreja, de Kant debajo del brazo.

La de Belleza en el campo, que me sigue apasionando tanto  o más que la montaña, o en el mar, ese espejo que me vuelve azul la mirada, pero sobre todo en mi mujer, en su miga  blanda, en su ternura de trigo blanco no apta para celíacos.

Y ahora, aprovechando este silencio de la casa, con Platón soñando en posibles fugas, creo que voy a dormir un poco, a dejar descansar a mis tres almas que ya han trabajado bastante y si me descuido se les viene encima, a las tres, la hora de volver a la caverna, digo a las ideas, quiero decir a la panadería.

miércoles, 30 de junio de 2010

domingo, 17 de enero de 2010

Restos de arena entre las sábanas.


El viento cálido de Agosto trajo un olor a desierto hasta ese pueblo. Las rosas olieron a desierto esa tarde, también las hojas del olivo, las calles empedradas exhalaban ese aroma en el reflujo del verano.
Rosa, en las horas de su siesta, sintió también en sus sudores ese tufo a desierto; luego pensó que todo era un sueño. Sólo cayó en la cuenta de que era cierto cuando encontró unos rastros de arena entre las sábanas.
Salió al patio a regar las matas de geranios y las enredaderas despedían una fragancia de arena seca, entonces recordó que ella no soñaba nunca, que su dormir era tan pesado que no había lugar para los sueños.
A la caída de la tarde, todavía con unas horas de sol por delante, la calle comenzó a llenarse de murmullos, del alboroto de las gentes recién salidas de sus casas, del ladrido de unos perros, de unos pasos descalzos quemados en el calor de las aceras.
Todos querían ver el desierto, tocarlo con sus manos, hundirse en la espesura de su pelo, alcanzar esas dunas de arena encaramadas encima de su lomo. Era la primera vez que veían un camello. Aquí, tan lejos de su tierra, nadie sabía siquiera de su existencia.
Y ahora estaba allí, derretido por el calor de este verano, a la puerta de su casa, rumiando el aire sofocado de la tarde izado en cuatro largas patas.
Alguien le alcanzó un par de cubos de agua que el animal sorbió con fruición, al pronto le llovieron unos cestos de paja para saciar su hambre y alguna que otra fruta levantada hasta sus hocicos por las manos de los niños.
Rosa no se asombró cuando Nicolás le dijo que esa noche el camello dormiría en el patio, y no lo sintió tanto por los tabiques que habrían de derribar, por los umbrales que habrían de caer, por los techos rasos que tendrían que desmoronarse, como por sus enredaderas y por sus geranios.
La llegada del camello fue tan celebrada o más que el baile de los domingos en el salón, junto a la iglesia, donde ella y Nicolás entretenían su juventud con el permiso de sus padres y del señor cura, que dejaba sonar la música siempre que los cuerpos no se apretasen demasiado y corriese el aire entre ellos.
La casa fresca y limpia como Rosa acostumbraba a tenerla, sucumbía ahora ante el cataclismo del camello. El silencio, junto con los muebles, había sido relegado a los rincones y una algarabía de voces y de gritos inundaba los cuartos, el salón y hasta lo más recóndito de las alacenas.
Cuando los vecinos comenzaron a llegar el dueño del camello, un hombre enjuto, tocado con un sombrero tan desgastado como sus ropas, sintió que en ese sombrero nunca sonaría el clic metálico de las monedas al caer. Rosa, apostada junto a la puerta, daba paso a un grupo de niños de corta edad y los entraba gratis - los hijos de mi prima decía-. Si llegaba una señora mayor que apenas podía con los dolores y con la silla que traía de su casa la pasaba y aclaraba al dueño del camello - la consuegra de mi hermana- . Y así el pueblo se fue creciendo en familiares y vaciándose en el patio de Rosa. El sombrero quedó vacío y el buen hombre, resignado y a sabiendas de que no haría negocios, se contentó con llenar bien su hambre de ese día y de los otros anteriores que tampoco había comido.
Engalanaron al camello. Como una viva estampa de esas tierras, alguien rescató un viejo mantón que pusieron a su grupa y avisaron al fotógrafo. Vistieron de fiesta a los más pequeños, pusieron bombillitas de colores en el patio, baldearon los suelos con el agua fresca de los pozos y tocaron unas músicas.
Para los niños las gibas del camello eran alas que luego desplegaría en las noches de su sueño y algunos, los más pequeños, hasta lo vieron volar con un aleteo de cuadrúpedo entre las bombillitas de colores a ras de los tejados de sus casas.
No son alas- decían los hombres- sino montañas de arena traídas desde el desierto. Y a las sombras de esas dunas de arena, estuvo la discusión de si camello o dromedario, pues a esas horas de la noche con la poca luz de las bombillas, nadie podía distinguir si eran una o dos o más las jorobas del animal. Para los beodos eran muchas más, una cadena de montañas del Atlas o de cualquier otro lugar donde se criaran los camellos. Para las muchachas comprometidas el camello era una postal que llegaría hasta el Sáhara portando una carta de amor entre sus brincos, a un novio que hacía la mili soñando con geranios en otro desierto más lejano.
Paciente el camello daba vueltas tropezando con las enredaderas y los geranios y, de vez en cuando, rumiando algunas hojas, confundiéndolas con las matas del desierto. Se encaramaron a su joroba los niños, a cinco reales cada vuelta para el bolsillo de Nicolás. Por los desperfectos- decía éste-.
Se rieron esa noche, se rieron de las torpezas del camello, del sombrero vacío de su dueño, se rieron de sus ganas de llorar cuando se fuese ese olor de este pueblo para quedarse sólo con el calor del verano, y así al llegar de la mañana todos se habían ido a encontrar algo de sueño entre las sábanas.
Al día siguiente los niños no jugaron en la plaza, casi nadie tuvo fuerzas para ir al lugar de su trabajo.
Cuando Rosa volvió al patio serían ya las horas del mediodía. No había rastro del camello, sólo del sombrero de su dueño tirado allá en el barrizal de la noche pasada. No se sorprendió de encontrar a una abuela olvidada que roncaba entre las enredaderas. Abuela -le dijo despertándola- ya es hora de que vaya usted a su casa, y se dispuso a poner orden, a recoger escombros, a reponer con esquejes las matas destrozadas.
Desde ese tiempo del camello, y aún antes, Rosa sale cada tarde de Agosto a regar las matas de su patio. De vez en cuando se encuentra con Nicolás perdido en un espejismo de oasis y desiertos, y se demora con él en cortar las uvas del deseo a la sombra fresca de una parra. Después un olor a desierto se le pega a sus mejillas, pero ahora que no encuentra rastros de arena entre los pliegues de sus sábanas, ya sabe que ese olor es puro sueño.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

martes, 1 de diciembre de 2009

La glorieta de pensamientos blancos





Como tantas otras tardes, el hombre que lo sabía casi todo, se sentó en un banco del parque. Llevaba, como tantas otras tardes, un libro en el que se empeñaba en aprender algo nuevo. De este modo, a lo largo de sus estancias vespertinas de parque y de banco, había aprendido cómo eran las nubes, por qué era verde la hierba o cómo latía el corazón de los hombres.

Antes de abrir su libro, que aumentaría su saber, se quedó fijamente mirando al frente. Esa vaca de colores, inmensa en su tamaño, no estaba allí dos días atrás. Cuándo él se fue, la última tarde, en esa glorieta de pensamientos blancos no había ninguna vaca. Ahora, dos días más tarde, pastaba entre los pensamientos blancos, con los vivos colores de su lomo, con las ubres rotundas de un azul metálico, con su cornamenta roja que agujereaba el aire de este parque.

Extrañado, el hombre que lo sabía casi todo, no pudo concentrarse en su tarea, sólo pudo mirar y mirar a esa vaca. En su casa tampoco avanzó en el conocimiento de las cosas. Allí estaba de nuevo en el parque, una tarde más, pero distinta que las otras, con un cosquilleo en el estómago y una incertidumbre en la mirada por ver si estaba allí su animal. La vaca no se había movido. En su glorieta de pensamientos blancos pastaba el sol de la tarde. Abrió su libro y aprendió cosas nuevas esa tarde sin dejar de mirarla de reojo.

La vaca de colores de la glorieta de pensamientos blancos del parque fue el escenario para los juegos de los niños. De vez en cuando un balón alcanzaba a golpearle la cabeza, la niña de primera comunión dejó el helado derretirse en su hocico cuando posó a su lado para las fotos del momento, algún que otro perro levantó la pata entre sus ubres, las palomas picoteaban su lomo.

Sólo el hombre que lo sabía casi todo la miraba fijamente sin decirle nada y cada tarde volvía a ese banco donde miraba y leía y miraba y leía. El hombre que lo sabía casi todo, empezó a saber más sobre las vacas, a reconocer las partes de su anatomía, a entender el término rumiante para designar a estos animales, pero no encontró nada acerca del lenguaje de las vacas, sólo que mugen.

Para romper ese silencio que tanto les unía y hablar con ella, aprendió a dibujar los objetos en el aire: dibujó un paraguas para hablarle de la lluvia, con un reloj le enseñó qué era el tiempo, para el viento garabateó unas alas. Lo tuvo más difícil para el hielo, pues un cubito era pequeño y nada tenía que ver con esos icebergs flotantes de los campos de témpanos, allá en el polo sur, pero aún así iba poco a poco resolviendo tales dificultades. Así la vaca de colores comprendió la paciencia que hay que poner para pescar un robalo, que se puede dar la vuelta al mundo en siete días, cómo le aprietan los zapatos nuevos a la gente , el sabor de la música de un viejo piano…

Me dicen, mucho después, que una tarde de agosto, la vaca de colores, agradecida, trajo el mar con su mugido y que él, correspondiéndole, mugió una barca para llevarla a pastar al océano. En el banco ya no lee el hombre que casi todo lo sabe, en la glorieta de pensamientos blancos una niña de primera comunión busca un helado…







Fernando, 17 de Mayo del 2009.


sábado, 28 de noviembre de 2009

La propiedad conmutativa


        
Confieso que no me da tiempo a leer en el autobús. El trayecto es corto, apenas me alcanza para abrir y cerrar las tapas así que me distraigo con el impermeable rojo de la señora que va delante o contando los elefantes que han muerto esta noche. En unos veinte minutos llego a mi destino:  las  oficinas de unos grandes almacenes del centro, donde mi parte López se encarga de las ofertas y las promociones bajo la mirada escudriñadora de mi jefe.

Mi otra parte, de nombre Luis, es la que comparto con Inés, mi mujer, una mujer Botero como yo le digo tiernamente cuando anda descalza moviendo sus carnes limpias y abundantes, en una casa pequeña pero bien amueblada (con su salón, con su sofá, con su televisor de plasma) que se estremece cada vez que ella suspira o se bambolea.

No hay niños en la casa, a ese cuerpo las trompas de Falopio no le dieron la oportunidad de tener hijos, así que ella tan matrona, quiero decir tan maternal, acoge con júbilo un préstamo de niño cada vez que su hermana necesita adosarnos, digo endosarnos, al chaval.

Andresito, Sito, como le llamamos, anda ahora por la propiedad conmutativa, que llena todas nuestras tardes con un cinco por dos diez que es igual que dos por cinco diez hasta soltarnos una doble letanía de tablas de multiplicar que inundan de monotonía de lluvia nuestro salón, nuestro sofá y hasta el televisor de plasma. Ya vale, Machado, le digo después de muchas repeticiones. Él se detiene sin entender lo de Machado, claro. Inés que lo mira , le tararea “ ojos verdes, verdes como la albahaca “ y en las tardes primaverales ausentes de monotonía cuando Sito destila aires de marinero le entona aquello de “yo soy un velero, tú eres mi bahía”. Sito alcanza hasta velero, también llega a lo de ojos verdes pero no sabe qué es una bahía ni qué es la albahaca. Entonces Inés le acerca su mano para darle a oler un ramito, así huele Inés. Yo le explico que una bahía es el vestido azul de su tía cuando está sentada en el sofá, para que se lo crea le pongo un pequeño barquito de papel en la barriga. Él sigue con su cinco por dos y sus dos por cinco que es la propiedad conmutativa de sus horas mientras, con esa cantinela, el tiempo de la play está rondando. Inés se niega a jugar con la maquinita por lo que me toca ser el derrotado en una esquina del sillón. Sito conduce con soltura un deportivo azul, yo destrozo los semáforos y las aceras mientras el deportivo azul llega triunfante a la meta. En su cara una mueca me lanza ¡qué torpe! pero ¡qué torpe! Los tres vamos llenando las tardes de canciones, de torpezas y de bólidos azules hasta que aparece un remolino de bolsas y tacones y un ya está bien de play. Es el momento de guardar la consola e irse con su madre para dejarnos enredados en nuestros atardeceres.

Inés, que pone muy bien los puntos a Sito cuando se abre una brecha jugando con el balón y a mí sobre la í de Luís, me dice que hay que recoger. No falta tiempo para mullir los cojines, devolver los libros a sus estantes, despejar la mesa hasta que todo queda ordenado a la hora de la cena, de la charla y de la cama que hay que madrugar.
Ya en la cama, alguna que otra noche también llega la hora del insomnio que viene despacio sin notarse apenas, como un picor de espalda, o un sofoco que me hace sacar el pie derecho de este edredón tan caluroso, cambiar de postura, volver a tapar ese pie que se queda frío hasta hacerme levantar porque con Inés plácidamente dormida y mis ojos como platos qué hago yo en la cama. Así que me doy una vuelta por la casa o por mi mismo: 360 grados alrededor de mis piernas, de mi pecho, de mis brazos, me dejan más despierto y sin pizca de sueño a las tres de la madrugada. Voy al baño a asaltar los grifos y la espuma de afeitar, a adelantar ante el espejo mi hora del aseo. Con el olor a after shave, limpio como una patena, con un fondo de cisterna que se llena y bañera que se vacía me paro ante los estantes de los libros. Ahí me demoro, en sus historias igual que otras noches, cruzando los Alpes como Aníbal mientras que por el frío voy, uno a uno, perdiendo los elefantes.

Alguna noche Inés también se desvela pero ella llena sus insomnios de arias de ópera, sus trompas de Falopio despiertan a horas tan tempranas a Don Rigoletto y su Donna é mobile. Llegada la mañana cuando han caído todos los paquidermos me agazapo del frío en la butaca, casi dormido y vencido este Aníbal. Inés me recupera, me dice que si no me levanto perderé el autobús y un día hasta el trabajo, que no puedo andar toda la noche arreando elefantes por los Alpes, que alguna vez me voy a despeñar.

Me doy prisa para bajar, no es casualidad encontrarme en el rellano con Sito que carga en su mochila la propiedad conmutativa camino del colegio y a la carrera alcanzo el autobús donde confieso que no puedo leer pues en ese trayecto corto sólo me da tiempo a mirar el impermeable rojo de la señora que va delante, a contar los elefantes caídos, a esperar la cara de pingüino de mi jefe, recién salido de otro insomnio aún más gélido que el mío, que me hace dudar en si la oferta de hoy es de tres por dos o de dos por uno. Desde mi mesa noto en su mirada que me espeta un: López, usted no me rinde López. Y no me aclaro con la propiedad conmutativa de las ofertas ni con la cara de pingüino de mi jefe, menos todavía con sus andares de pájaro bobo en el suelo polar de la oficina. Mientras me espabilo, en la hoja de cálculo que tengo enfrente, ahora que mi jefe va como un témpano a la deriva, dibujo un elefante.





Fernando, 24 de Julio del 2009

El corazón de Berlín




Cuando sonaba el teléfono el primer ring volaba alto esparciendo su sonido un tanto hueco por toda la casa, el segundo ring caía a la altura de los muebles, los demás ring eran más bajos y rodaban por el suelo, como una bola según las leyes de la física, hasta chocar con los zocalillos de las paredes.

En el momento en que el teléfono sonaba y las pajaritas comenzaban a romper su silencio de papel ya sabíamos que era el tío Carlos y ni mamá ni papá ni yo nos atrevíamos a cogerlo. Esas llamadas, tan esperadas, eran por navidades, en el otoño, coincidiendo con el santo de tía Isabel, en primavera el día de tía Julia, a la vuelta del verano.

En diciembre, el día de Navidad, al primer ring la pajarita roja, como un diminuto Papá Noel volador, planeaba por la lámpara del techo, bajaba hacia el Belén en una esquina del salón, hasta posarse entre los números del teclado. Tía Julia presurosa atendía la llamada y después de un saludo largo en el que volcaba todas sus emociones informaba al otro lado de la línea sobre los detalles de la cena: el marisco para los entrantes, aunque no sea bueno para el colesterol, pero una noche es una noche, decía. El jamón y el queso que acompañarían a un rico vino, el pavo al horno y relleno de todo lo que a ellas se les había ocurrido ese año y como postre los dulces que prepararon con amor del bueno para estas fiestas.

- ¿Y qué tal por Alemania? era la pregunta final.

En el verano después de nuestras pequeñas vacaciones, la pajarita voladora era la azul. A ese toque especial del teléfono a finales de Septiembre, con un ring lejano y largo que solo volaba alto y ni siquiera rodaba por el suelo, seguía un suspenderse en el aire como una gaviota buscando el mar en la alfombra del salón hasta encontrar la isla del teléfono donde la pajarita azul acababa posando sus patas de papel. El turno, según tenían convenido era para Isabel que corría tropezando con las esquinas de los muebles a descolgar el auricular y a saludar con la misma emoción que tía Julia a su hermano Carlos y después a dar con su voz tostada por el sol las novedades del verano. ¡Cómo estaba la playa atestada de gente! ¡Cuánta espera para poder coger mesa en una terraza del paseo! Lo poco fresco que le había parecido el pescado, casi congelado- agregaba- , los bañadores de moda este verano, el sabor de los nuevos helados y ya la pregunta final:

-¿Y qué tal por Alemania?

En el otoño la pajarita amarilla remolineaba como una hoja seca atrapada por el viento en una espiral de vueltas que conseguían llevarla hasta la espiral de vueltas del cable telefónico cuando tocaba la llamada del tío Carlos. Ya ni siquiera podemos salir sin el paraguas se oía a tía Julia que por unos pasos había aventajado a tía Isabel a la hora de contestar la llamada, como dos maratonianas octogenarias corriendo los últimos metros del pasillo de la casa. Se preocupaba por el frío que podría hacer por esos lugares tan al Norte, y después acababa con ¿Y qué tal por Alemania? con una vocecita entrecortada por la mala respiración.

En primavera la pajarita blanca se descolgaba de arriba de ese mueble de las tías que era el lujo del salón y el contrapunto a una decoración ideada por mamá con amplias butacas de líneas rectas, pocos y bien seleccionados cuadros, nada de paisajes, claro, y alguna que otra alfombra cuidada siempre con mimo. Las telas siempre claras como la piel de mamá. La pajarita blanca era una flor de nieve entre la nieve de las cabezas de la tías, un anuncio de las floraciones esperadas, de la retirada del mal tiempo, de que ya estaban recuperadas de la gripe y los catarros que las habían acobardado durante el invierno y que se preparaban para guardar los jerséis de punto y sacar ahora sus vestidos estampados de entretiempo. Así eran mis tías, siempre acabando ¿Y qué tal por Alemania?

Luego comentaban que Alemania debía ser un aburrimiento con tan pocos días de sol y esa gente que hablaba siempre a gritos como si estuvieran enfadados con ellos mismos, decían. Para convencernos de lo lejos que estaba Alemania me hacían traer el atlas de geografía del colegio, señalando en él un territorio marcado con colores que ellas recorrían con sus dedos temblorosos gastados por las horas de entretejer la lana que abrigaba luego nuestros inviernos. Así marcaban sus fronteras, hablaban de los países vecinos hasta llegar al corazón de Berlín donde latía el corazón del tío Carlos.

Para Julia e Isabel, mis tías, su hermano seguía siempre en Alemania, mi padre había retirado la pajarita negra de encima de ese mueble para que ellas nunca la vieran volar en el salón. Y siempre Alemania estuvo en su boca aún cuando mama decidió que la casa se estaba haciendo demasiado pequeña para tanta gente, que yo necesitaba un cuarto de estudio independiente .Ese día el salón estaba en silencio y mi madre dijo que era mejor para todos que se fuesen, mi padre sólo respondió que allí estaban bien y ella que en la residencia estarían mejor y entonces ocurrió que todas las pajaritas volaron a la vez. Mi madre tuvo que ir a darse un baño nuevo y a cambiarse de vestido, enfadadísima por la mala hora-dijo- en que les permitió a las tías que colocaran las pajaritas de colores del tío Carlos en su salón.





Fernando, 25 de Junio del 2009.