Las ideas son sombras proyectadas en el fondo de la caverna, eso dijo Platón y como me cuesta llegar a entenderlo sigo con lo que sí tengo idea de hacer bien. En esta caverna, que es mi horno de panadería, amasar el pan es lo que siempre he hecho por las noches, pelear con esa masa de harina, agua y una pizca de sal y levadura hasta dejarla a punto para el fuego, que dore bien, que se esponje y no se apelmace luego. Esa es una tarea de brazos y de tiempo.
Brazos tengo y muy fuertes, también todas las horas hasta el amanecer y ahora, que la vida está más tecnificada, cuento con la ayuda de las máquinas, la amasadora, el horno rotatorio, lo que me da un respiro en el trabajo. En esos minutos muertos entre cocción y cocción me ocupo, en este invierno, de leer a Platón.
Lo de Platón es de cabeza y por eso a mí me cuesta, aunque aprovecho cada ratito que las máquinas me dan para avanzar unas páginas, que después debo digerir. Es complicado Platón, de digestión lenta, pero tengo toda la noche, mientras los demás duermen y lo que aún me resulte difícil me lo aclarará Pablo.
Mi hijo, que da ahora sus primeros pasos en el mundo de la filosofía, es quién me ha metido en esto. Sin apenas decirme nada, antes de salir para el obrador me deja en el mueble de la entrada un libro junto a unas notas garabateadas, con letra disparatada, que más se parecen a la receta de un médico que a los pies de página aclaratorios de un filósofo ( aunque nunca he tenido que descifrar una receta ).
En el fondo nos hubiera gustado, tanto a su madre como a mí, que Pablo fuese el médico de la familia pero al chico le atrajo más diseccionar a Descartes o a Spinoza, sustituir la medicina por la metafísica y en eso andamos. Entre lo mudable, el cambio de aspecto de este adolescente que hasta hace poco creía en Peter Pan y lo imperecedero, los ladridos de Platón, nuestro perro, que sólo tiene ideas para comer, beber y darse una vuelta por el barrio buscando una perra en celo.
Esto último más que una idea es una obsesión contra la que luchamos evitando dejar la puerta abierta y que se escape, pues aunque siempre vuelve de sus batallas amorosas después hay que bañarlo porque a veces viene hecho un asco y me toca a mí la tarea, la de limpiar a este perro y enjabonar su alma conscupiciente para que descanse agotado en la alfombra y vuelva a soñar en escabullirse.
El cambio de Pablo es lo que más preocupa ahora a su madre, ya no lleva la ropa que ella le elige y su aspecto, dice, es un tanto estrafalario con esos pantalones de cuadros y esas camisas sueltas dos tallas más grandes que la que le corresponde, el pelo muy corto y una perilla desde su labio inferior hasta la barbilla. Su madre calla y sufre esa excrecencia que ahora adorna el mentón de nuestro hijo, una escobilla velazqueña que aclara el negro profundo de sus ojos, aunque alguna que otra vez le diga que le hace parecer mayor.
Para no mostrar que lo lleva tan mal me comenta que podemos estar equivocados y que esa imagen de filósofo novel tal vez vuelva locas a las chicas que, cuando él anda perdido por esos mundos del pensamiento y no contesta a su móvil, no dejan de llamar a casa. No está - se apresura a decir- y se queda con el recado de que ha llamado Sofía o Carmen o Raquel. Si fuese Platón ladraría de contento ante tanta feromona desparramada pero él, cuando llega, va, discretamente, a su habitación dejándonos con dos palmos de narices.
Yo aprovecho ese clima tan acogedor que ha nacido en la cocina para acercarme un poquito más a esta mujer y al mundo sensible que me muestran los Diálogos, para robarle un cariño que ahora, con Pablo tan desapegado, necesito más que nunca y recordarle que me vuelve loco ese trasero de panadera con su miga de pan blando, de harina de trigo blanco, no apto para celíacos.
Ella sigue, como sin enterarse, con las tareas que la tienen ocupada y aunque, por unos instantes, la siento cómplice en esto de los cariños enseguida se despega dejando un regusto amargo a mis deseos. Si fuese ahora Platón no dejaría de ladrar a su lado.
Lo del mundo sensible es algo que no me ha costado entender de la filosofía platónica. El esfuerzo lo pongo en el mundo inteligible aunque aquí, por lo bajito, os confieso que ya voy encontrando las ideas, la de Bondad en Pablo, ese Peter Pan de perilla velazqueña que ahora derrocha encanto entre las chicas. Una bondad de pantalón de cuadros, de camisas amplias, de ” pirsin “ en la oreja, de Kant debajo del brazo.
La de Belleza en el campo, que me sigue apasionando tanto o más que la montaña, o en el mar, ese espejo que me vuelve azul la mirada, pero sobre todo en mi mujer, en su miga blanda, en su ternura de trigo blanco no apta para celíacos.
Y ahora, aprovechando este silencio de la casa, con Platón soñando en posibles fugas, creo que voy a dormir un poco, a dejar descansar a mis tres almas que ya han trabajado bastante y si me descuido se les viene encima, a las tres, la hora de volver a la caverna, digo a las ideas, quiero decir a la panadería.




