Le gusta la arena de la playa tanto o más que saltar las olas de la orilla o que atrapar los peces empujados hasta sus pies, pero lo que más despierta su interés son esas horas a la caída de la tarde, limpias de sudor y de salitre, encaminando sus pasos de la mano de Pablo hasta las atracciones del paseo.
Es un paseo largo que bordea un mar azul o verde o pardo según el paso de las nubes y los vientos. Alumbran sus noches unas farolas de luces amarillas y el mar al fondo, espejo negro, devuelve, con la marea alta, sus reflejos en la orilla como un rebaño de estrellas puestas en fila que hubiera bajado a darse unos baños nocturnos.
Ahí, al final del paseo está el tiovivo de sus sueños, junto al tren de la bruja y los cochecitos de choque. Los dulces pensamientos de la siesta, antes de bajar a la playa, son para ese tiovivo que ahora se adorna con bombillas de colores y un vaivén musical que anima a los caballitos de cartón en cada vuelta. Ya sabe que caballo elegir, siempre el negro. Si está ocupado esperará al siguiente turno y en la espera no dejará de mirar a Violeta.
Violeta me mima, Violeta me ama, amo a Violeta y acaricia en el bolsillo del pantalón un papelito cuidadosamente doblado donde, con la caligrafía torpe de su edad, están escritas esas palabras. Violeta le mira cuando alcanza la taquilla para conseguir la ficha del caballo negro y él se pierde, durante unos segundos en sus ojos verdes y le da el tiempo justo, antes de recibir la vuelta de un billete de diez, de darse un paseo por esa piel tostada y llegar hasta el borde de su vestido blanco, en un escote bajo que de vez en cuando ella sube con el gesto distraído para tapar lo que el descuido deja al aire. La piel tostada de Violeta en esa playa bordeada de apartamentos es su sueño de cada siesta, antes de bajar con las sombrillas y las tumbonas y los cubitos y la pala para hacer castillos en la arena y encerrar el amor por Violeta, aunque alguna ola atrevida con esa diferencia de edad en su lomo vendrá y los derribará y esperará otro verano para ver si ese amor crece. Y después del calor y los baños de sol, a la ducha, a la ropa limpia y a enfilar este paseo con su papelito en el bolsillo que cada vez está más tostado y con las espadas en alto por los mosquitos de estas tardes a la caída del sol. ¡Plaf! en el cuello, ¡Plaf! en las pantorrillas, ¡Plaf! donde más duele, en los nudillos de las manos.
Y todo el paseo, con las primeras luces del anochecer, se convierte en un batir de espadas, en una sinfonía de plafs. Plaf, mosquito menos, plaf, mosquito más que escapa para anunciar con su zumbido una buena entrada del Levante. Sigue paso a paso de la mano de Pablo parando en el puesto de helados y por fin aparecen los caballitos de cartón, las bombillitas de colores, los ojos verdes de Violeta. Llega con la ilusión de sus años del revés, como el día de su último cumpleaños que él miró primero el uno y luego el siete hasta que vino su nuera Dulce a amargar ese momento cuando le dijo - abuelo ya tiene setenta y un años, ya se va haciendo mayorcito - . Y le sentó como un tiro. Así que ahora que no está su nuera y ha recobrado la ilusión de sus 17 se llega como un adolescente a pedir una ficha a unos ojos verdes y a una piel canela que son su aventura de estas vacaciones. Con la ficha en la mano se acerca a Pablo para decirle que tenga cuidado, que se agarre bien a ese caballo negro que es el más trotón de todos, no vaya a caerse que su abuelo no está para esos sustos, que tiene un corazón muy delicado.

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