El viento cálido de Agosto trajo un olor a desierto hasta ese pueblo. Las rosas olieron a desierto esa tarde, también las hojas del olivo, las calles empedradas exhalaban ese aroma en el reflujo del verano.
Rosa, en las horas de su siesta, sintió también en sus sudores ese tufo a desierto; luego pensó que todo era un sueño. Sólo cayó en la cuenta de que era cierto cuando encontró unos rastros de arena entre las sábanas.
Salió al patio a regar las matas de geranios y las enredaderas despedían una fragancia de arena seca, entonces recordó que ella no soñaba nunca, que su dormir era tan pesado que no había lugar para los sueños.
A la caída de la tarde, todavía con unas horas de sol por delante, la calle comenzó a llenarse de murmullos, del alboroto de las gentes recién salidas de sus casas, del ladrido de unos perros, de unos pasos descalzos quemados en el calor de las aceras.
Todos querían ver el desierto, tocarlo con sus manos, hundirse en la espesura de su pelo, alcanzar esas dunas de arena encaramadas encima de su lomo. Era la primera vez que veían un camello. Aquí, tan lejos de su tierra, nadie sabía siquiera de su existencia.
Y ahora estaba allí, derretido por el calor de este verano, a la puerta de su casa, rumiando el aire sofocado de la tarde izado en cuatro largas patas.
Alguien le alcanzó un par de cubos de agua que el animal sorbió con fruición, al pronto le llovieron unos cestos de paja para saciar su hambre y alguna que otra fruta levantada hasta sus hocicos por las manos de los niños.
Rosa no se asombró cuando Nicolás le dijo que esa noche el camello dormiría en el patio, y no lo sintió tanto por los tabiques que habrían de derribar, por los umbrales que habrían de caer, por los techos rasos que tendrían que desmoronarse, como por sus enredaderas y por sus geranios.
La llegada del camello fue tan celebrada o más que el baile de los domingos en el salón, junto a la iglesia, donde ella y Nicolás entretenían su juventud con el permiso de sus padres y del señor cura, que dejaba sonar la música siempre que los cuerpos no se apretasen demasiado y corriese el aire entre ellos.
La casa fresca y limpia como Rosa acostumbraba a tenerla, sucumbía ahora ante el cataclismo del camello. El silencio, junto con los muebles, había sido relegado a los rincones y una algarabía de voces y de gritos inundaba los cuartos, el salón y hasta lo más recóndito de las alacenas.
Cuando los vecinos comenzaron a llegar el dueño del camello, un hombre enjuto, tocado con un sombrero tan desgastado como sus ropas, sintió que en ese sombrero nunca sonaría el clic metálico de las monedas al caer. Rosa, apostada junto a la puerta, daba paso a un grupo de niños de corta edad y los entraba gratis - los hijos de mi prima decía-. Si llegaba una señora mayor que apenas podía con los dolores y con la silla que traía de su casa la pasaba y aclaraba al dueño del camello - la consuegra de mi hermana- . Y así el pueblo se fue creciendo en familiares y vaciándose en el patio de Rosa. El sombrero quedó vacío y el buen hombre, resignado y a sabiendas de que no haría negocios, se contentó con llenar bien su hambre de ese día y de los otros anteriores que tampoco había comido.
Engalanaron al camello. Como una viva estampa de esas tierras, alguien rescató un viejo mantón que pusieron a su grupa y avisaron al fotógrafo. Vistieron de fiesta a los más pequeños, pusieron bombillitas de colores en el patio, baldearon los suelos con el agua fresca de los pozos y tocaron unas músicas.
Para los niños las gibas del camello eran alas que luego desplegaría en las noches de su sueño y algunos, los más pequeños, hasta lo vieron volar con un aleteo de cuadrúpedo entre las bombillitas de colores a ras de los tejados de sus casas.
No son alas- decían los hombres- sino montañas de arena traídas desde el desierto. Y a las sombras de esas dunas de arena, estuvo la discusión de si camello o dromedario, pues a esas horas de la noche con la poca luz de las bombillas, nadie podía distinguir si eran una o dos o más las jorobas del animal. Para los beodos eran muchas más, una cadena de montañas del Atlas o de cualquier otro lugar donde se criaran los camellos. Para las muchachas comprometidas el camello era una postal que llegaría hasta el Sáhara portando una carta de amor entre sus brincos, a un novio que hacía la mili soñando con geranios en otro desierto más lejano.
Paciente el camello daba vueltas tropezando con las enredaderas y los geranios y, de vez en cuando, rumiando algunas hojas, confundiéndolas con las matas del desierto. Se encaramaron a su joroba los niños, a cinco reales cada vuelta para el bolsillo de Nicolás. Por los desperfectos- decía éste-.
Se rieron esa noche, se rieron de las torpezas del camello, del sombrero vacío de su dueño, se rieron de sus ganas de llorar cuando se fuese ese olor de este pueblo para quedarse sólo con el calor del verano, y así al llegar de la mañana todos se habían ido a encontrar algo de sueño entre las sábanas.
Al día siguiente los niños no jugaron en la plaza, casi nadie tuvo fuerzas para ir al lugar de su trabajo.
Cuando Rosa volvió al patio serían ya las horas del mediodía. No había rastro del camello, sólo del sombrero de su dueño tirado allá en el barrizal de la noche pasada. No se sorprendió de encontrar a una abuela olvidada que roncaba entre las enredaderas. Abuela -le dijo despertándola- ya es hora de que vaya usted a su casa, y se dispuso a poner orden, a recoger escombros, a reponer con esquejes las matas destrozadas.
Desde ese tiempo del camello, y aún antes, Rosa sale cada tarde de Agosto a regar las matas de su patio. De vez en cuando se encuentra con Nicolás perdido en un espejismo de oasis y desiertos, y se demora con él en cortar las uvas del deseo a la sombra fresca de una parra. Después un olor a desierto se le pega a sus mejillas, pero ahora que no encuentra rastros de arena entre los pliegues de sus sábanas, ya sabe que ese olor es puro sueño.
