miércoles, 16 de diciembre de 2009

martes, 1 de diciembre de 2009

La glorieta de pensamientos blancos





Como tantas otras tardes, el hombre que lo sabía casi todo, se sentó en un banco del parque. Llevaba, como tantas otras tardes, un libro en el que se empeñaba en aprender algo nuevo. De este modo, a lo largo de sus estancias vespertinas de parque y de banco, había aprendido cómo eran las nubes, por qué era verde la hierba o cómo latía el corazón de los hombres.

Antes de abrir su libro, que aumentaría su saber, se quedó fijamente mirando al frente. Esa vaca de colores, inmensa en su tamaño, no estaba allí dos días atrás. Cuándo él se fue, la última tarde, en esa glorieta de pensamientos blancos no había ninguna vaca. Ahora, dos días más tarde, pastaba entre los pensamientos blancos, con los vivos colores de su lomo, con las ubres rotundas de un azul metálico, con su cornamenta roja que agujereaba el aire de este parque.

Extrañado, el hombre que lo sabía casi todo, no pudo concentrarse en su tarea, sólo pudo mirar y mirar a esa vaca. En su casa tampoco avanzó en el conocimiento de las cosas. Allí estaba de nuevo en el parque, una tarde más, pero distinta que las otras, con un cosquilleo en el estómago y una incertidumbre en la mirada por ver si estaba allí su animal. La vaca no se había movido. En su glorieta de pensamientos blancos pastaba el sol de la tarde. Abrió su libro y aprendió cosas nuevas esa tarde sin dejar de mirarla de reojo.

La vaca de colores de la glorieta de pensamientos blancos del parque fue el escenario para los juegos de los niños. De vez en cuando un balón alcanzaba a golpearle la cabeza, la niña de primera comunión dejó el helado derretirse en su hocico cuando posó a su lado para las fotos del momento, algún que otro perro levantó la pata entre sus ubres, las palomas picoteaban su lomo.

Sólo el hombre que lo sabía casi todo la miraba fijamente sin decirle nada y cada tarde volvía a ese banco donde miraba y leía y miraba y leía. El hombre que lo sabía casi todo, empezó a saber más sobre las vacas, a reconocer las partes de su anatomía, a entender el término rumiante para designar a estos animales, pero no encontró nada acerca del lenguaje de las vacas, sólo que mugen.

Para romper ese silencio que tanto les unía y hablar con ella, aprendió a dibujar los objetos en el aire: dibujó un paraguas para hablarle de la lluvia, con un reloj le enseñó qué era el tiempo, para el viento garabateó unas alas. Lo tuvo más difícil para el hielo, pues un cubito era pequeño y nada tenía que ver con esos icebergs flotantes de los campos de témpanos, allá en el polo sur, pero aún así iba poco a poco resolviendo tales dificultades. Así la vaca de colores comprendió la paciencia que hay que poner para pescar un robalo, que se puede dar la vuelta al mundo en siete días, cómo le aprietan los zapatos nuevos a la gente , el sabor de la música de un viejo piano…

Me dicen, mucho después, que una tarde de agosto, la vaca de colores, agradecida, trajo el mar con su mugido y que él, correspondiéndole, mugió una barca para llevarla a pastar al océano. En el banco ya no lee el hombre que casi todo lo sabe, en la glorieta de pensamientos blancos una niña de primera comunión busca un helado…







Fernando, 17 de Mayo del 2009.